De pronto la miré, examinándola, como nunca antes lo había hecho. Cosa muy rara en mí. Y me invadió un dolor que no esperaba. Era un dolor raro, vacío, muy dentro de mí, era difícil ubicar el lugar exacto de donde venía. No era exactamente del pecho, tampoco del estómago. Del esternón? Creo que si, aunque suene gracioso.
Su expresión inmutable y falsa me hizo sentir ese dolor. Esa misma expresión que tantas veces me había hecho sentir repulsión, rabia, nervios y hasta asco, ahora me hacía sentir un dolor que no era mío. Era un dolor puro. No estaba mezclado con tristeza ni con alegría o con ningún otro sentimiento que yo pudiera reconocer.
Se estaba llendo poco a poco, así que me concentré para sentirlo un rato más y averiguar que era…
Lástima. Sentía lástima. Pero era una lástima que dolía mucho. El rostro que tantas veces me había hecho tener miedo, ahora me daba pena. Deseé que fuera feliz. Me invadió la desesperación, ¿si era así porque no tuvo opción?¿si no conocía la felicidad no porque no quisiera, como yo siempre había pensado, sino porque no tenía opción? Parecía carente de sentimientos, incapaz de sentir, pero aún así, ese deseo de que fuera feliz invadía todo mi ser.
Fue un instante, nada más. Luego todo regresó a lo que era en realidad. Ese instante de irracionalidad inexplicable y de explosión de sentimientos desconocidos me abandonó. Y la cara que segundos antes me había causado dolor y lástima, ahora me causaba lo mismo de siempre. Ya no deseaba que fuera feliz. Me daba igual que fuera incapaz de sentir. Estaba segura de que ella quería ser así, y de que había más opciones.
Casi me sentí culpable por pensar de esa manera. Casi. Pero… “todo pasa”, esa es la única regla que vale.
jueves, 21 de mayo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario