- ¡Han cortado los rosales! – me dijo, con un tono alarmante.
- Lo sé… - le respondí con una tranquilidad poco usual en mí.
Ya lo sabía. Pero no me había inmutado por el suceso. Simplemente llegué, lo vi y me senté a conversar, o bueno, a escuchar. Me sorprendí por la falta de mi característico ímpetu y pasión por las cosas que me importan. Pero creo que estaba cansada. Siempre había pensado que el alma no se podía cansar, pero sí, era la única explicación.
La desesperanza es el cansancio del alma. Y yo estaba desesperanzada. Un rosal menos… no hacía gran diferencia. Aunque sea había sol. El sol era casi lo único que me daba ánimos. No quería ni imaginar lo que sería de mi en invierno. Tendría que buscar otro sol, algo nada fácil si no imposible, pero bueno.
Los rosales. Su tono alarmante me hizo despertar del encierro interno en el que me encontraba. Pero el ímpetu y la pasión no volvieron. Volvió a mí algo peor para mis circunstancias actuales… empecé a reflexionar.
¿Y ahora dónde lo buscaría?
Cada búsqueda era en vano, pero al menos había donde buscar, en cambio, ahora ya no.
Los nervios se apoderaron de mí y las palmas de las manos me empezaron a sudar. ¿Dónde lo buscaría ahora esperando no encontrarlo? No podía no buscarlo. El único sentido que había tenido mi vida en mucho tiempo estaba desapareciendo, y yo recién caía en la cuenta. ¡¿Dónde lo iba a buscar?!
NO. Esa no era una opción, no quería buscarlo ahí. Era lo que había estado evitando todo este tiempo, y me había ido relativamente bien así. Pensé mil y un opciones para evitar buscarlo ahí. Mierda. No había otro lugar. Tanto tiempo evitándolo y ahora… me veía obligada a buscar en donde tenía tanto miedo de hacerlo. No tenía miedo de no encontrarlo, eso hubiera sido bueno. Me daba terror ahora sí encontrarlo y tener que enfrentarlo. Pero no había otra opción. Había llegado el momento.
Tendría que buscarlo dentro de mí.
jueves, 21 de mayo de 2009
La regla infalible
De pronto la miré, examinándola, como nunca antes lo había hecho. Cosa muy rara en mí. Y me invadió un dolor que no esperaba. Era un dolor raro, vacío, muy dentro de mí, era difícil ubicar el lugar exacto de donde venía. No era exactamente del pecho, tampoco del estómago. Del esternón? Creo que si, aunque suene gracioso.
Su expresión inmutable y falsa me hizo sentir ese dolor. Esa misma expresión que tantas veces me había hecho sentir repulsión, rabia, nervios y hasta asco, ahora me hacía sentir un dolor que no era mío. Era un dolor puro. No estaba mezclado con tristeza ni con alegría o con ningún otro sentimiento que yo pudiera reconocer.
Se estaba llendo poco a poco, así que me concentré para sentirlo un rato más y averiguar que era…
Lástima. Sentía lástima. Pero era una lástima que dolía mucho. El rostro que tantas veces me había hecho tener miedo, ahora me daba pena. Deseé que fuera feliz. Me invadió la desesperación, ¿si era así porque no tuvo opción?¿si no conocía la felicidad no porque no quisiera, como yo siempre había pensado, sino porque no tenía opción? Parecía carente de sentimientos, incapaz de sentir, pero aún así, ese deseo de que fuera feliz invadía todo mi ser.
Fue un instante, nada más. Luego todo regresó a lo que era en realidad. Ese instante de irracionalidad inexplicable y de explosión de sentimientos desconocidos me abandonó. Y la cara que segundos antes me había causado dolor y lástima, ahora me causaba lo mismo de siempre. Ya no deseaba que fuera feliz. Me daba igual que fuera incapaz de sentir. Estaba segura de que ella quería ser así, y de que había más opciones.
Casi me sentí culpable por pensar de esa manera. Casi. Pero… “todo pasa”, esa es la única regla que vale.
Su expresión inmutable y falsa me hizo sentir ese dolor. Esa misma expresión que tantas veces me había hecho sentir repulsión, rabia, nervios y hasta asco, ahora me hacía sentir un dolor que no era mío. Era un dolor puro. No estaba mezclado con tristeza ni con alegría o con ningún otro sentimiento que yo pudiera reconocer.
Se estaba llendo poco a poco, así que me concentré para sentirlo un rato más y averiguar que era…
Lástima. Sentía lástima. Pero era una lástima que dolía mucho. El rostro que tantas veces me había hecho tener miedo, ahora me daba pena. Deseé que fuera feliz. Me invadió la desesperación, ¿si era así porque no tuvo opción?¿si no conocía la felicidad no porque no quisiera, como yo siempre había pensado, sino porque no tenía opción? Parecía carente de sentimientos, incapaz de sentir, pero aún así, ese deseo de que fuera feliz invadía todo mi ser.
Fue un instante, nada más. Luego todo regresó a lo que era en realidad. Ese instante de irracionalidad inexplicable y de explosión de sentimientos desconocidos me abandonó. Y la cara que segundos antes me había causado dolor y lástima, ahora me causaba lo mismo de siempre. Ya no deseaba que fuera feliz. Me daba igual que fuera incapaz de sentir. Estaba segura de que ella quería ser así, y de que había más opciones.
Casi me sentí culpable por pensar de esa manera. Casi. Pero… “todo pasa”, esa es la única regla que vale.
?
Que imbecil, pensé.
Mis palabras no pueden herirlo, él es fuerte.
Después vi sus ojos.
Ya no es tan fuerte...
Tenía en mi poder destruirlo. Con unas simples palabras podía hacer desaparecer su mundo, su tiempo y su existencia. Tenía el poder por primera vez... pero por extraño que parezca, con él no me importaba tenerlo. En realidad no me importaba, con él no. No soportaba la idea de hacerle daño. Y lo más probable, era que lo hiciera. Asi soy yo, siempre digo lo que no debo, nunca pienso antes de hablar. Nunca habia tenido la necesidad de hacerlo, ya que el poder siempre estaba en otros. Pero ahora lo tenía yo. Y ahí estaba él pareciendo tan fuerte... pero sus ojos lo delataban. Ahí estaba yo, que siempre había sido la debil, pero ahora ya no.
Mi puta suerte.
El debería tener el poder ahora, era el único que se lo ha merecido, era el único con el que hubiera valido la pena, pero no. Definitivamente el destino y yo no sincronizamos.
Era hermoso, ¿cómo lo iba a hacer?
No quería. Pero el estaba esperando que yo dijera algo. Podría haber seguido el juego un rato, hasta que todo terminara por su propia cuenta. Pero creo que no soy asi, no me gustan los finales largos y felices, soy más del estilo dramático y de las verdades incómodas y dolorosas.
Asi que me acerqué un poco más a él. Miré su hermoso rostro, sus ojos perfectos y agarré sus manos casi reales y con la voz más dulce y tierna con la que pude hablar, le dije:
- "Soy solo un sueño".
Mis palabras no pueden herirlo, él es fuerte.
Después vi sus ojos.
Ya no es tan fuerte...
Tenía en mi poder destruirlo. Con unas simples palabras podía hacer desaparecer su mundo, su tiempo y su existencia. Tenía el poder por primera vez... pero por extraño que parezca, con él no me importaba tenerlo. En realidad no me importaba, con él no. No soportaba la idea de hacerle daño. Y lo más probable, era que lo hiciera. Asi soy yo, siempre digo lo que no debo, nunca pienso antes de hablar. Nunca habia tenido la necesidad de hacerlo, ya que el poder siempre estaba en otros. Pero ahora lo tenía yo. Y ahí estaba él pareciendo tan fuerte... pero sus ojos lo delataban. Ahí estaba yo, que siempre había sido la debil, pero ahora ya no.
Mi puta suerte.
El debería tener el poder ahora, era el único que se lo ha merecido, era el único con el que hubiera valido la pena, pero no. Definitivamente el destino y yo no sincronizamos.
Era hermoso, ¿cómo lo iba a hacer?
No quería. Pero el estaba esperando que yo dijera algo. Podría haber seguido el juego un rato, hasta que todo terminara por su propia cuenta. Pero creo que no soy asi, no me gustan los finales largos y felices, soy más del estilo dramático y de las verdades incómodas y dolorosas.
Asi que me acerqué un poco más a él. Miré su hermoso rostro, sus ojos perfectos y agarré sus manos casi reales y con la voz más dulce y tierna con la que pude hablar, le dije:
- "Soy solo un sueño".
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