Me empezó a quitar la ropa lentamente y a besar mi cuello.
Lo único en lo que podía pensar era en que me moría de la vergüenza. Me moría de vergüenza de que me viera como Dios me trajo al mundo. No podía dejar de pensar en que él había estado con mil chicas mejores que yo. Casi modelos. Pero él decía que me amaba, aunque eso, obviamente, no era suficiente para hacerme sentir segura. Mi poco amor propio hacia de las suyas y no me hacia sentir suficiente. Pero aun así, había decidido hacerlo. Quería que él fuera el primero.
Ahora sus besos eran mas apasionados y sus manos me apretaban con más fuerza contra su cuerpo.
¿Y si me estaba equivocando? No. Le había dado tantas vueltas al asunto que no podía estar equivocada. Hasta la tía de mi amiga, que es medio bruja, me había dicho que él me amaba. Así es, había consultado a todo tipo de expertos. Encuestas de Cosmopolitan, medio brujas, horóscopos, opiniones de amigas más experimentadas que yo. Si. Ya me tocaba.
Casi sentía su cuerpo como parte del mío. Teníamos el mismo ritmo.
Pero seguía con vergüenza y ahora sentía un profundo miedo. Empecé a sudar y sentí como mis piernas perdían fuerza y se me adormecían agarrotadas. ¿Sería el miedo?
Y de pronto, un dolor que casi me parte en dos cruzó todo mi cuerpo. Grité. El me dijo al oído: Tranquila reina, lo estas haciendo muy bien.
El dolor no paraba, era casi como fuego. Traté de aguantarlo, pero era más fuerte que yo. Le dije: Me duele mucho. Casi con lágrimas en los ojos. Me respondió mirándome a los ojos y secándome las lágrimas: Ya. Voy a parar. Te amo. Y lentamente salió de mi adolorido cuerpo.
Se echó a mi costado, los dos estábamos completamente desnudos, me agarró la mano y la puso contra su pecho. Podía sentir los acelerados latidos de su corazón. Yo solo podía pensar en que seguramente lo había decepcionado. Lo había hecho mal y él me había dicho lo contrario solo para hacerme sentir bien.
De pronto me di cuenta de lo evidente. Nada me aseguraba que iba a querer estar conmigo por mucho tiempo. Tal vez se cansaba de mí y de mi poca experiencia y se largaba con cualquiera de sus amigas modelos, que no tenían reparo alguno en hacerlo con él solo por diversión. Acababa de darle el regalo innato con el que toda mujer nace. ¿En realidad él se lo merecía? Ahora no estaba segura de nada.
El me abrazó, beso un lado de mi frente y me dijo: Gracias. Te amo.
Yo solo tenía ganas de llorar.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Hoy
Ahora lloro todos los días y no puedo evitar preguntarme en qué momento fue que mi sol se me perdió. Tal vez no estuve atenta, a los soles les gusta escaparse porque no son de nadie.
Siento mi piel como si estuviera hecha de pétalos de rosa marchitos, casi escucho la sangre correr por mis venas. Miro hacia arriba y veo mis pensamientos enfrascados en burbujas que no son mías. Y donde se supone que debería estar mi corazón, siento una piedra que pesa tanto que no me deja respirar bien. Mi sonrisa se ha transformado en la nada de las lágrimas de mis cristales rotos sin luz. Mi garganta no deja de ser torturada por los invisibles golpes del río contenido. Mi voz perdió su música y trata de gritar su verdad.
Pero recuerdo como yo era antes y trato de volver a eso. Es difícil hacerlo cuando hay tanto dolor en todos lados. Y es aun más difícil cuando me siento egoísta por querer escapar de mi dolor. Porque es mío.
Trato de acostumbrarme a él. A quererlo de alguna forma. A sentirme a gusto con él, pero se me hace muy difícil. Mi sol tiene la culpa, me acostumbro a estar siempre alejada de él, a no verlo, a no darme cuenta de que existía. Mi sol tiene la culpa por haberme protegido tanto. Y ahora que se ha ido, el dolor ya no tiene ninguna barrera para llegar a mí. Es muy difícil acostumbrarse al dolor y no sentir que te quemas.
Siento mi piel como si estuviera hecha de pétalos de rosa marchitos, casi escucho la sangre correr por mis venas. Miro hacia arriba y veo mis pensamientos enfrascados en burbujas que no son mías. Y donde se supone que debería estar mi corazón, siento una piedra que pesa tanto que no me deja respirar bien. Mi sonrisa se ha transformado en la nada de las lágrimas de mis cristales rotos sin luz. Mi garganta no deja de ser torturada por los invisibles golpes del río contenido. Mi voz perdió su música y trata de gritar su verdad.
Pero recuerdo como yo era antes y trato de volver a eso. Es difícil hacerlo cuando hay tanto dolor en todos lados. Y es aun más difícil cuando me siento egoísta por querer escapar de mi dolor. Porque es mío.
Trato de acostumbrarme a él. A quererlo de alguna forma. A sentirme a gusto con él, pero se me hace muy difícil. Mi sol tiene la culpa, me acostumbro a estar siempre alejada de él, a no verlo, a no darme cuenta de que existía. Mi sol tiene la culpa por haberme protegido tanto. Y ahora que se ha ido, el dolor ya no tiene ninguna barrera para llegar a mí. Es muy difícil acostumbrarse al dolor y no sentir que te quemas.
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